sábado, 26 de noviembre de 2011

Gracias por pasar

Anoche nos encontramos en la puerta de tu casa delante del viejo portón de entrada.

Pensé: no estás tan mal como me dijeron ni como imaginé. ¡Tenés pelo y canoso! No estás gordo ni flaco, se te ve bien… aunque con una tonalidad extraña que empaña tu cara.

Me regalaste una mirada dulcemente triste o tristemente dulce; no sé.

Me diste un gran y cariñoso abrazo.

Me desperté con tu sonrisa mirándome.


Texto: Laura Ramírez Vides

Fotografía: María Soledad Ramírez, tomada en la Posta El Triunfo en 2011. http://www.postaeltriunfo.com.ar/posta.htm

domingo, 20 de noviembre de 2011

Herencia y resistencia

Soy una de las pocas mujeres que no quiere ser más joven de lo que es; de hecho amo mis pocas canas. De joven nunca quise volver a ser chica.

Infancia, la mejor edad… siempre sentí que con vivirla una vez era más que suficiente. Sos chica para contestar pero no para escuchar. Sos chica para rebelarte pero no para aguantar. Siempre estás del lado equivocado, del que no hay derechos. Eso me enseñaron, con burlas, manoseos y secretos; me enseñaron a ceder, a ser buenita, complaciente. Todo en casita. Todo en familia.

Ahora tengo una hija, me dicen que la malcrío, que es caprichosa, maleducada, que tengo que frenarla, ponerle límites... lo que no saben es que estoy tratando de ayudarla: enseñándole a contestar, a rebelarse, a decir NO a quien sea que tenga delante, incluida yo.

Texto: Laura Ramírez Vides

Fotografía: mmm-, Serie Manos, 2006. http://seamisuperyo.blogspot.com/

lunes, 17 de octubre de 2011

Tiempo fuera

Afuera

Fuera de tiempo.

A destiempo.

Fuera de época.

Desterrada.

Fuera de lugar.

Desubicada.

Fuera de control.

Descontrolada

Fuera del círculo.

Excluída.

A f u e r a.

¡Paren!

¿Pido gancho?


Texto: Laura Ramírez Vides

Arte gráfico: Alejandro Pasquale, Fauna Patagónica, bolígrafo sobre papel. http://www.pasqualealejandro.blogspot.com/

lunes, 8 de agosto de 2011

Demasiado tiempo


Sí, hace demasiado tiempo que estamos juntos. Muy juntos. Siempre, en las buenas y en las malas. Callado, silencioso, simplemente ahí, cerca, siempre cerca.

Me hacés mal. Lo sé, siempre lo supe y ya no puedo engañarme más, el velo se corrió y es tan claro… Y sufro, te extraño, me desespero, me ataco y estoy a punto de ir a buscarte… pero me acuerdo y me odio por necesitarte tanto y entonces aguanto; me resisto a volver, tengo que poder distanciarme, alejarte; dejarte.

Hoy, hace un mes que no estamos juntos. Hoy, ya un mes que te extraño.

Te dejé para siempre. No fumo más.


Texto: Laura Ramírez Vides

Fotografía: Título: Doña Matilde. Serie Doñas 2010. Marieta Vazquez, http://www.marietavazquez.com.ar

miércoles, 27 de julio de 2011

Instante


Barrancas de Belgrano. Salgo a la calle en pleno diluvio, abro mi paraguas y me pregunto por qué me habré puesto tacos en un día con alerta meteorológico. Empiezo a caminar despacio hacia Cabildo, barranca arriba, algo definitivamente no fácil con estos zapatos. La gente corre mientras yo juego con el viento y mi paraguas: “que no me lo rompés, que sí, que no, que sí”. Prolijamente piso todas las baldosas flojas disponibles. Está empezando a hacer frío; el viento lo está trayendo. Llego a la esquina de La Redonda, una iglesia increíble sobre la que pesan tantas leyendas… y sucedió; fue solo un instante. Parada en la esquina mientras espero el cambio de luz del semáforo pongo mi paraguas de costado para ver la cortina de agua reflejada en la farola de la calle; un padre se empapa con su hijo chiquito a upa, me da pena, el frío, el futuro resfrío; escucho el ruido de cascos contra el asfalto (¿todavía queda algo de empedrado en Belgrano?). Ruido de cascos, sí, en Barrancas de Belgrano. Bajo el diluvio, con La Redonda de fondo, veo venir a cuatro caballos con sus correspondientes jinetes con sus correspondientes capotas. Instante mágico. El ruido de cascos se aleja mientras con total felicidad recupero la sensación de vivir en una ciudad fascinante. Así, con una sonrisa leve y serena, llego a Cabildo. Enseguida viene el colectivo y al subirme me doy cuenta que estoy de buen humor. Saludo al colectivero, quien al devolverme el saludo también parece contento; le pido el boleto y me siento en el primer asiento de la puerta del medio. El colectivo está casi vacío y algo raro empieza a suceder; a la mayoría de la gente que sube le encuentro cara conocida. ¿De dónde los conozco? No me acuerdo, pero es agradable viajar con supuestos conocidos. Hasta que sube ella: una señora totalmente común, con ropa común, voz común, pero con una mirada… sí, cuando me mira también pienso “a esta mujer la conozco” pero la sensación es por demás desagradable, sombría. Se sienta en el primer asiento y comienza a hablar con el chofer. El diluvio afuera continúa, las calles tienen más y más agua acumulada, el colectivo a veces patina al frenar y esta mujer que no para de hablar... Por suerte el chofer es cuidadoso, pienso. La lluvia torrencial impide ver el afuera con claridad. Entramos al túnel y, de repente, no sé si estamos patinando o flotando pero siento que el colectivo de a poco se convierte en uno de juguete y rebotamos contra el paredón, sin que nadie emita sonido alguno, volvemos al medio del túnel a rebotar contra las columnas, de nuevo vamos hacia la pared cuando finalmente el silencio se rompe, el chofer grita “¡No!” y todo se oscurece.

Me dicen que ya me revisaron, son desconocidos que no paran de hacer preguntas y aseguran que el golpe en la cabeza fue muy fuerte pero que estoy bien, que ya volví. ¿De dónde?

Pido ir al baño, necesito escapar de tantas voces y manos. Me acompañan a la puerta y aquí estoy, sentada en el baño de un hospital, sin saber quién soy.

Texto: Laura Ramírez Vides

Fotografía: Marieta Vazquez, 2001. http://www.marietavazquez.com.ar

martes, 19 de abril de 2011

Aire



Y finalmente acá estoy. Acostada panza arriba, mirando el cielo, buscando nubes sin encontrarlas. El aire es suave; la brisa, leve; el sol, respetuoso de no molestar a mis ojos hipersensibles a su luz. No sé cómo llegué. ¡Lo necesitaba tanto! Un poco de silencio, de calma, de paz. Demasiado ruido -afuera y adentro- no me dejaba pensar. ¿Cómo reconstruir si no hay lugar? Estaba rota; ahora vacía. Buen momento para empezar.


Texto: Laura Ramírez Vides

Fotografía: Roderick Cameron

domingo, 30 de enero de 2011

Así es la vida

-¿Por qué si yo soy chiquita tengo que dormir sola y ustedes que son grandes duermen juntos?

Lógica implacable empapada en llanto.

Tres años.


Texto: Laura Ramírez Vides

Fotografía: Beth 2Santoss, sin título, http://www.2santoss.com

lunes, 6 de diciembre de 2010

Madrugada


Escucho a una mujer gritar. El grito es largo y desgarrador, de esos que salen bien de adentro, de las entrañas; profundo.

Siento una presencia a mi lado. Me despiertan tocándome el pecho. Un dedo toca la base de mi esternón.

Giro mi cabeza al mismo tiempo que abro los ojos. Ahí está parada, mirándome; la veo al amparo de la media luz de la madrugada que entra por las rendijas de la persiana. Me muestra un brazo todo manchado, lo toco, está pegajoso. Me incorporo en un movimiento lento. La miro mejor y su cara parece mal maquillada, con pinceladas burdas que le rodean la boca, impregnan sus mejillas, invaden su nariz. Le pregunto si está bien. Asiente. Sus ojos denotan una sabia serenidad. La tomo de la mano y con calma nos vamos juntas al baño. Empiezo a lavarla, en silencio. La sangre corre despintando ese cuerpo que amo tanto. La ceremonia se interrumpe por mi voz.

- ¿Te sangró la nariz?

- Sí, mamá.


Texto: Laura Ramírez Vides

Fotografía: Roderick Cameron

domingo, 15 de agosto de 2010

El Teatro Maldito


Recuerdo como si hubiera sido ayer aquella noche de invierno en que estábamos mi madre y yo en el campo, tomando chocolate caliente en el alero de casa; emponchadas como si estuviéramos en la Antártida en vez de en la provincia de Buenos Aires, con la sensación de que siempre había llovido y que seguiría lloviendo por siempre como si ese hubiera sido el único clima por nosotras conocido.

Aburridas, después de haber descifrado cientos de crucigramas, hablado de casi todos los temas, jugado todos los juegos de mesa aprendidos; compartiendo simplemente el silencio, el arrullo de la incesante lluvia; disfrutando de las esporádicas interrupciones de los relámpagos que iluminaban la noche cerrada anunciándonos la proximidad del trueno y aliviando la monotonía que nos embargaba a la vez de ser todo un presagio de continuidad.

Esa fue la noche en que mamá me contó la leyenda que su madre le había relatado cuando niña.

Según mi abuela Vasca, en un pequeño poblado ubicado en algún impreciso lugar de Navarra existió un teatro muy particular, tan especial que hizo que ese pueblo, por cierto tiempo, fuera conocido en toda España.

Lo llamaban el Teatro Maldito; ni embrujado, ni poseído, ni encantado, sino maldito. Así lo denominaron impulsados por el terror que les provocaba que ese lugar tuviera vida propia. Si bien puede ser aceptable la idea de un edificio embrujado, poseído o encantado, aún para un escéptico; el tratar de asimilar que un teatro vibrara, sintiera, pensara, decidiera, era demasiado para los pobladores del lugar, inclusive para los creyentes de lo oculto.

Decían que El Maldito se apropiaba en cierta forma de las voces de los actores. No era que los enmudeciera sino que determinadas líneas o frases pronunciadas en él no podían volver a ser repetidas. Ninguno de los actores pudo jamás explicarlo. No podían precisar si lo habían olvidado, si recordaban las líneas pero no podían pronunciarlas. Al preguntarles al respecto, todos indefectiblemente callaban; su mirada perdía vida; como si en el mismo instante en que la pregunta se formulaba su mente se pusiera en blanco, se vaciara.

Don Antonio, el portero, que era a su vez el acomodador, el boletero, el encargado de mantenimiento y el sereno del lugar se había convertido en su portavoz. Era definitivamente quien más lo conocía y entendía. Aseguraba que el teatro elegía sus botines según las formas del decir que podían distinguirse entre: palabras débiles que mueren instantes después de haber sido pronunciadas; líneas delgadas que flotan unos segundos para ir desintegrándose, desvaneciéndose hasta desaparecer; y frases con cuerpo, peso propio, contenido, que permanecen en el aire llenando la sala, que cuando llegan a los espectadores los tocan, los abrazan, los hacen temblar invadidos por la vibración del sonido. Y eran justamente estas últimas las que el teatro amaba, las elegía cuidadosamente y simplemente se quedaba con ellas.

Don Antonio afirmaba que las escuchaba resonar cuando recorría el lugar; es más, aseguraba que muchas veces, en sus noches de sereno, por medio de estas voces el teatro lo había despertado de su sueño prohibido para avisarle algún imprevisto o accidente. Los lugareños comenzaron a alertar a las compañías de teatro y, si bien al principio la mayoría reaccionaba con risas displicentes, actitudes incrédulas impulsados por el escepticismo y arengados por los refutadores, poco a poco, éstas comenzaron a elegir no presentarse en él, movidas más por la superstición que por la creencia de la leyenda.

Contra toda lógica, la ausencia de obras en el teatro lo embellecía. Hacía años que no se hacían reparaciones de importancia, ni mantenimiento alguno más que lo básico y suficiente para evitar derrumbes, solapar goteras, pasar las inspecciones de habilitación y así seguir funcionando. Don José era uno de los más asombrados, claro, era el encargado de todo lo que se hiciera en el Maldito y él sabía muy bien que no había encerado los pisos aunque cualquiera pudiera reflejarse en ellos claramente, ni retapizado las butacas aún cuando lucían como estrenando terciopelo de la mejor calidad y siempre habían sido de pana barata, ni pintado el interior ni exterior y menos aún retocado las molduras. Sin embargo, El Maldito brillaba, como si cual imán estuviera llamando, atrayendo a una gran víctima.

Así, reluciente como nunca antes, acogió en su escenario al que fuera, en ese momento, el mejor actor dramático de toda España, convencido que nada ni nadie podría con su arte, con su dejar el alma cada vez que la vida lo ponía sobre las tablas.

Fue una noche fantástica; una actuación memorable; que al finalizar dio paso al gran horror. Al verse, el gran actor reducido a un estado casi catatónico; al descubrir que había dado todo en esa función y que El Maldito se había quedado con casi todo lo que él era, enloqueció, y comenzó a vagar sin rumbo tratando de mitigar tanto dolor, de llenar ese gran vacío, probando con cuanta cosa le ofrecieran: drogas, hechizos, alcohol, yuyos, magia; se dice que hasta trató con un exorcismo. Todo fue en vano y una fatídica noche, totalmente resuelto a terminar con su tormento, volvió a El Maldito y lo incendió; quedándose dentro, en el centro del escenario donde todo había comenzado.

Dicen que esa noche, además de la risa profunda y descontrolada de quien fuera su última víctima convertido ahora en victimario, podían escucharse, por sobre el crepitar del fuego, todas las frases, líneas y palabras que El Maldito había robado y apresado. El fuego limpia y libera –comentaba por lo bajo la vieja curandera-; se acaba el mundo –gritaba el loco del lugar-; Don José era el único que sollozaba en silencio.

Todos se arrimaron a ver el final de El Maldito. Nadie hizo nada por apagar el fuego, pero los testigos del incendio –casi todo el pueblo- aseguraban que bajo las ruinas y cenizas pudo verse una gran cantidad de agua. Ellos afirmaban que eran lágrimas. Que El Maldito se había ido llorando.

Mi madre terminó el relato y sin hacer comentario alguno, en silencio, se fue a dormir. Jamás volvimos a hablar del tema. Pero me resulta inevitable, cada vez que una gran tormenta me acecha, recordar la leyenda de El Maldito y mientras un escalofrío recorre todo mi cuerpo, una sonrisa siniestra se dibuja en mi cara.


Texto: Laura Ramírez Vides, de: "Leyendas apócrifas" (inédito)

Fotografìa: Fabián San Miguel,

http://laboratoriocentral.blogspot.com

miércoles, 10 de febrero de 2010

Omnipresencia


Estoy soñando. Sé que estoy soñando y me veo en el sueño. No es una sensación agradable porque no logro entregarme al sueño. Lo veo, a la vez que lo vivo y lo analizo.

Hace tiempo que no soñaba o no recordaba el haberlo hecho. Este parece un compilado de pesadillas clásicas. Me corren, trato de correr pero estoy siempre en el mismo lugar, están por atraparme… en un sueño normal me despertaría por el miedo pero como lo estoy viendo… nadie llega; simplemente empiezo a caer, siento el vacío, grito tan largo como es imposible que lo haga en realidad (no tengo tanto aire) debería despertarme antes de impactar pero vuelvo a cambiar la escenografía. Estoy en una casa conocida que en realidad no es ninguna que haya tenido o visitado pero la sensación es de familiaridad. La disposición de las habitaciones es un sinsentido laberíntico donde me cruzo con gente; reconozco a algunas personas, a otros no, aunque a todos los siento cercanos.

La que sueña, siente; yo, la miro y pienso. Es agotador, casi aburrido.

Sigo caminando. Llego a una habitación vacía donde está mi papá vestido de blanco (jamás lo vi vestido de blanco al Negro), está sentado con la silla al revés, apoyando sus antebrazos en el respaldo (esa sí era su forma típica de estar), me sonríe, me saluda. ¡Qué sensación maravillosa! Quiero hablarle y no puedo (sigo con todos los clichés oníricos). Desaparece y quedo sola. Es momento de despertar, pienso, no estoy descansando y mañana me espera un día muy activo.

Nada pasa.

Se me corta la respiración en medio de un suspiro. Siento que mi corazón se para. Él la está mirando fijo. Me está mirando fijo. Su cara es en realidad amorfa pero tan conocida. Es él. ¿Quién? Mi corazón retoma sus latidos a un ritmo frenético. Estoy agitada. Tengo miedo. Tiemblo, transpiro frío.

La toma del cuello. Me mira, feo.

La ahorca. Me ahogo.

No logro despertar.

Veo que la está matando. Siento que me estoy muriendo.

Lo que más bronca me da es saber que a mi marido lo consolarán diciendo: “Se fue tranquila; se fue durmiendo”.

¡Mierda!


Texto: Laura Ramírez Vides
Arte gráfico: Fernando Rodriguez Vilela, técnica mixta.
http://www.lordgaita.com.ar/



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domingo, 7 de febrero de 2010

Distorsión


Es tan ridículo y a la vez gracioso. Nos imaginan (¿o nos ven?) verdes, altos, delgados, cabezones; a nuestro planeta lo “pintan” de rojo. Los venusinos tienen mejor imagen, a ellos los dibujan con alas y los llaman ángeles.
Los humanos son realmente unos personajes, aunque en realidad creo que simplemente son burdos. Piensan que avanzan tecnológicamente. En medicina tienen aparatos que consideran de alta sofisticación y siguen sin descubrir el implante.
Ver para creer, dicen. Si supieran que lo que creen ver simplemente no es.
El propósito de la Confederación es claro: los humanos son especimenes para estudio de toda la galaxia y delicatessen para los habitantes de Saturno (nos costó pero logramos frenar su insaciable apetito y tosquedad en la abducción; ¡maldita costumbre tenían de hacerlo siempre en el mismo triángulo!).
Pero hay unos pocos humanos que nos preocupan, son fuertes, determinados, y cuando al nacer les implantamos el distorsionador de imagen, lo rechazan.
Éstos sí son peligrosos.
Varios ya me han descubierto; lo sé, algunos me hablaron pero yo no contesté, sabían que estaba ahí y ayer a la noche… un espécimen femenino caminó directo hacia mí y me tocó.
Algo vamos a tener que hacer con ellos. Los humanos los llaman ciegos. Yo, nuestra perdición.

Texto: Laura Ramírez Vides
Arte gráfico: Pablo Daniel Cordero, "Mural sin título", técnica: óleo/acrílico
, www.myspace.com/vujadei, www.myspace.com/anatomiaoccultus, Laberynto080@gmail.com
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