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sábado, 29 de marzo de 2014

Ella


Hace muchos años me acompaña; a veces callada, otras a los gritos.
Su presencia todo lo invade, siempre.
Cuando intensa, duele.
Cuando suave, tiñe la vida de opaco.
Tengo que hacerme amiga, necesito hacerlo.
Tal vez así la tristeza deje de llorar a través mío y se contente con velar mi mirada.

Texto: Laura Ramírez Vides
Fotografía: Mariana Salcedo, http://www.flickr.com/photos/maisalcedo

lunes, 18 de marzo de 2013

Espejismo



Tengo que apurarme, llego justo, pienso mientras bajo las escaleras de la estación de subte. Ya en el andén, agitada veo venir el nuevo tren. Vagones pequeños; herméticos; perfumados; herméticos; ya no corren en vaivén, ahora flotan; herméticos. Bajo mareada y sigo la marea que supongo me llevará a la combinación que necesito pero me retraso, estoy confundida, aturdida y, sin darme cuenta, me encuentro parada en un descanso al final de varias escaleras y al comienzo de otras tantas. Letras, en las paredes hay letras de distintos colores, carteles, flechas, pero no encuentro la mía, mi letra no está, desapareció. Debo haberlo pensado muy fuerte o dicho en voz alta porque un hombre que está a punto de bajar por una de las escaleras se da vuelta y, gentilmente, me dice: es por acá.

Aclaraciones pertinentes:
Hombre: ejemplar enorme, vestido de negro, todo de negro; borcegos, pantalón, cinturón, remera y mochila negros bien negros, cabello rapado en los costados con una cresta rosa (sí, rosa) en el medio de la cabeza.
Gentilmente: acostumbrada a la violencia cotidiana cualquier acto o gesto amable provoca en mí una desconfianza profunda.
Por acá: indica con la mano bajar escaleras eternas, solitarias, con él caminando detrás.

Al llegar al andén me mira, estira su brazo y siento como si volviera a mirarme a través de su teléfono inteligente. Sí, estira el brazo sosteniendo el teléfono en su mano y me apunta con la cámara de la parte trasera.  Un escalofrío me atraviesa y recorre de punta a punta. Ya me lo imagino enviando mi foto por mail, avisando en qué estación me bajo (¡Dios, me preguntó dónde me bajaba, supuestamente para indicarme en qué anden esperar y yo le dije!); mierda,  no tengo escapatoria.
Trato de alejarme en el andén, subo al tren casi aliviada pero en cuando se cierran las puertas los veo venir caminando por el vagón.  
Me mira fijo. Sé que estoy temblando. Lo miro mejor y me doy cuenta que tiene manchas en las manos. No logro pensar claramente. Arrugas en la cara. No se queda quieto y todo el tiempo con el celular en la mano. Con el brazo estirado, como alejándolo, mira la pantalla. Gira, se acerca, lo tengo delante de mí. Trato de ver la pantalla buscando no sé muy bien qué y sucedió; vi todo claramente, no había dudas.
Mas que un pervertido el tipo era un jovato con presbicia obsesionado con la hora.
Llegué a tiempo; sana y salva.

Texto: Laura Ramírez Vides
Fotografía: Mariana Salcedo, http://www.flickr.com/photos/maisalcedo/.

domingo, 7 de octubre de 2012

Cotidiano



Salgo con tiempo, quiero ir tranquila, sin correr.
Ya en la parada del colectivo una pareja mayor que estaba esperando a unos pasos de donde yo me ubiqué se acerca con disimulo. El señor me pregunta si hace mucho que espero, le contesto que no, que recién llego con la convicción de que él ya lo sabía. Murmuran entre sí.
El colectivo no viene y ahora es tarde.
El señor para un taxi y me invita a subir con ellos. Ella no parece tan convencida pero asiente cuando les pregunto si están seguros que quieren que los acompañe (qué buena forma de terminar esta semana que ha sido por demás extraña; todavía hay gente amable; podrían ser mis abuelos…  parlotea mi cerebro) y yo subo adelante para que vayan más cómodos.
Debo reconocer que me llamó más la atención la cara de sorpresa y fastidio del taxista cuando le pedí que por favor despejara el asiento de al lado suyo que la invitación en sí misma. (¿Tendré que ofrecerles compartir el gasto? Yo no les pedí venir ni que me alcanzaran… sigue la cháchara cerebral.)
Me pongo a charlar con el chofer sobre adónde voy, el curso que estoy haciendo, el cigarrillo ya que veo un paquete sobre la luneta (que por cierto está demasiado cerca, podría haber corrido el asiento para atrás este tipo, llega a pasar un accidente y yo salgo volando por el parabrisas…).
Repentinamente él frena, me mira, mira el reloj, vuelve a mirarme.
Me doy vuelta para preguntarle a “mis viejitos” si necesitan ayuda pero atrás no hay nadie. Asiento trasero vacío, completamente vacío.
Vuelvo a mirar al taxista y… le pago (menos mal que traje plata por las dudas…).
Compro un jugo en el kiosco.
No me siento bien.
Logro entrar al curso.

Texto: Laura Ramírez Vides
Fotografía: Mariana Salcedo, http://www.flickr.com/photos/maisalcedo/.